El papel del Estado

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Los liberales, ortodoxos, conservadores, de derecha, o como quiera llamárseles, sugieren que el Estado no debe intervenir en la Economía, ya que esta arribaría solita a un equilibrio que favorece a todos. Sostienen que el Estado no debe meterse ni interferir, porque “los que saben” son capaces de hacer “bien” las cosas, por lo que la Economía debe ser dejada en libertad. Sin embargo, la realidad nos permite conocer que el aparato, la estructura del Estado, posee múltiples herramientas que están siendo empleadas permanentemente, y la cuestión es que no existe un punto intermedio. Es decir, o favorecen a unos, o favorecen a otros.

En la imagen del artículo se presenta la
Portada de la Revista Judicial de abril de
1947 dando cuenta del Plan Quinquenal.

Pues bien, si no se interviniera sobre el conjunto total de hechos económicos y características sociales que atraviesan la vida y la política de un país, los herederos del poder económico, y por ende político, actuarían sucesivamente en pos de conservarlo. La lógica consecuencia de fuerzas desiguales disputando la riqueza, ocasionaría un ensanchamiento de la brecha de desigualdad incrementando la pobreza. Pero aquello es lo que quieren los mencionados liberales, ortodoxos y conservadores, porque son, precisamente, los poseedores del poder económico mundial. Y a ellos no les importa ni aumentar la pobreza, ni matar a gente, ni mandar soldados de su propio país a morir en la guerra, que es una de las expresiones más tristes que nos ha enseñado la historia de nuestra especie.

Luego de esta breve introducción, obsérvese que siempre que hay una crisis económica, sin excepción, son los pueblos los que pagan con hambre, miseria y exclusión, y son los bancos los que por leyes y decretos gubernamentales siempre salen indemnes. ¡Y he aquí la cuestión!  Es el poder financiero del mundo que se ha concentrado y que ha manejado las riquezas de nuestro maravilloso planeta, prescindiendo de tomar en consideración que hay más de siete mil millones de habitantes que tenemos, todos, el mismo derecho a vivir, alimentarnos y disponer de una vivienda digna.

Es de destacar, en este punto, que la historia social, política y hasta cultural de los pueblos ha estado sin excepción, determinada por condicionantes económicos (producción de medios de vida).  Si usted visita ruinas arqueológicas de las más hermosas del planeta, como las que abundan en Latinoamérica, observará que la localización de las construcciones, la forma en que se cultivaba y la organización de los distintos rituales, tenían hasta en sus aspectos más religiosos una vinculación con las satisfacciones que provenían de la naturaleza y del trabajo sobre los recursos naturales, así como la protección y el cuidado de los mismos. Por eso es imprescindible tener presente que las disputas por la riqueza no nacieron ni con el capitalismo ni con la globalización, sino que han atravesado la historia entera de la humanidad. Es verdad que con características cambiantes en apariencia, pero no en su espíritu, en su esencia, en su motivación primordial.

Cuando Luis XVI envía desde Francia dos mil millones de libras, armas, tropas y alimentos a Norteamérica para financiar y apoyar la guerra de independencia contra su enemigo Gran Bretaña, en 1776, consiguió empobrecer a su país hasta un nivel que jamás había padecido. En rigor, los dos mil millones de libras y demás, enviados al otro lado del Atlántico, hubieran alimentado y dado cobijo a siete millones de franceses durante un año entero. Este ejemplo sirve como muestra de que el poder del Estado puede ser usado para empobrecer a una nación y profundizar el padecimiento de los sectores más desfavorecidos, incrementando la pobreza del pueblo.

Pero claro, detrás de todo esto estaba, precisamente, el poder del pueblo. El poder de veintitrés millones de franceses que querían liberarse de un régimen que los tenía cautivos, en la extrema pobreza y pagando impuestos. Mientras, la aristocracia, la nobleza y el clero no pagaban impuestos y eran favorecidos financieramente.

A París habían llegado las ideas de la ilustración, que iluminaban la razón y apagaban la fe en la iglesia. Estas ideas cuestionaban todo. ¿Por qué los 400.000 individuos que pertenecían a la nobleza estaban exentos de pagar impuestos y eran los únicos que tenían acceso a la educación y a la cultura? Voltaire proclamaba: “gracias a la razón, el hombre puede alcanzar cualquier nivel de conocimiento y hace que el hombre moderno entre en posesión de las virtudes capitales que lo caracterizan plenamente: la tolerancia, el humanitarismo y la libertad”.

Comandados por la fuerza del revolucionario Maximilian Robespierre, el Tercer Estado, o sea un pueblo (el 98% de la población total de Francia en 1789), se rebela contra el sistema manejado por el clero y la nobleza, y quiere una Constitución que apague el antiguo régimen y otorgue libertad y acceso a la educación para todos. El 20 de junio de 1789, los diputados que representaban al pueblo, encuentran cerradas las puertas de la sala de sesiones y se reúnen en el campo de pelota. Allí, con sus manos arriba y con fuerza, prometen continuar reuniéndose todo lo que haga falta hasta tener su propia Constitución. Prescindiendo de la descripción de los hechos que fueron tan apasionantes como violentos, destacaremos que el poder del pueblo consiguió tener su constitución: “La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano”, que enuncia que todos son iguales ante la ley, aboliendo las distinciones de clase y prohibiendo la esclavitud. Libertad, Igualdad y Fraternidad eran sus máximas.

¡Vaya sorpresa! Libertad es el término proclamado por la ortodoxia económica para oprimir a los pueblos en la actualidad. Por lo tanto, la complejidad inherente a las relaciones entre los diversos grupos sociales (y económicos) reclama múltiples aclaraciones a cada paso…

Es curioso, en esta instancia, nombrar dos casos particulares y excepcionales (que van contra la regla) donde las decisiones de un hombre favorecen a las clases menos pudientes. Henry Ford, en 1913, introduce en sus plantas industriales a las cintas de ensamblaje para incrementar la producción y disminuir el costo unitario. Esto consistía en instalar una cadena de montaje a base de correas de transmisión y guías de deslizamiento que iban desplazando automáticamente el chasis del automóvil hasta los puestos en donde sucesivos grupos de operarios realizaban en él las tareas hasta que el coche esté terminado. Esta estandarización con piezas intercambiables e iguales, consiguió reducir el coste unitario del automóvil y la disminución de su precio lo hizo accesible a la clase trabajadora. Además, complementariamente, en 1914, Ford subió el salario de sus operarios al doble que el salario común, lo que convertía a sus empleados de la Ford Motor Company en consumidores potenciales de los productos que él mismo producía. Y, adicionalmente con esto, redujo la jornada laboral a seis horas por día, cinco días por semana, lo que mejoró considerablemente la vida laboral y amplió los espacios de goce de todos sus empleados. El otro caso es el de Robert Owen en Inglaterra en el año 1800, que prohibió la jornada laboral de más de diez horas, prohibió el trabajo infantil, creó un sistema educativo y sanitario, mejoró la vivienda de los trabajadores así como las condiciones de trabajo, fundó el movimiento cooperativo y demás aspectos novedosos.

Desafortunadamente, y con una lógica contraria a las excepciones descriptas, deberemos admitir que a lo largo de la historia, los individuos que atesoraron riqueza y por tanto poder económico, solo procuraron incrementarlo a expensas de empobrecer al resto de la población. Y lo que empeora aún más este devenir, es que se fueron asociando, tejiendo redes de poder concentrado, y esa concentración tomó como costumbre enfrentarse al pueblo, porque su único anhelo fue conservar e incrementar ese poder que, con el transcurso del tiempo y el paso de las épocas, corresponde aclarar que es heredado. Como se ve, es la misma lógica que antes de la Revolución Francesa: Unos pocos reciben poder por herencia, y la mayoría de la población se sacrifica durante toda su vida para sobrevivir día tras día en la situación desventajosa en que le tocó nacer.

Parece que nada ha cambiado, pero sin embargo hay una salida. Y el caso argentino muestra el camino. Aquel 20 de junio de 1789 en París tiene sus puntos de contacto con el 19 y 20 de diciembre del 2001 en Buenos Aires, que es producto de una historia muy rica y muy particular.

Por esa tan vieja cuestión de la pelea por adueñarse de recursos y manejarlos, el poder económico mundial, asociado a las oligarquías dominantes y la aristocracia terrateniente del país, siempre miró celosamente la industrialización que se llevó a cabo durante la década que va de 1946 a 1955, bajo la presidencia de Juan Domingo Perón, que decía que “Los grandes enemigos de la Patria son los grandes enemigos del Pueblo, porque yo considero la patria a nuestros hermanos argentinos”. “Es la lucha de los pueblos contra sus oligarquías y los imperialismos dominantes. La oligarquía ha sometido al pueblo, coaligada con un imperialismo foráneo que le ha prestado el apoyo y que ha sido el sostén de esa oligarquía por muchos años…”

Véase lo siguiente: cuando Perón asume la presidencia en 1946 tenía un proyecto de gobierno dividido en planes quinquenales, para generar empleo e industrializar al país. Pero se encontró con un gran obstáculo económico. Debía pagar millones de dólares por una deuda externa generada por gobiernos anteriores, por el pago de las importaciones que no estaban controladas y que además desprotegían a la industria nacional generadora de empleo, por el constante retiro de divisas del país por parte de las empresas de servicios públicos que estaban en manos británicas y norteamericanas, y por el pago de fletes y seguros necesarios para exportar alimentos y materias primas.

Perón procede a nacionalizar todos los servicios públicos, los trenes y el comercio exterior, manejando los enormes recursos de uno de los países más ricos del mundo para industrializar al país llevándolo al pleno empleo, crear una marina mercante nacional y repatriar el total de la deuda externa heredada.

Pero ni al imperialismo norteamericano, ni al poder financiero, ni a la oligarquía terrateniente, ni a Gran Bretaña dueña del océano Atlántico desde antes de que Dios lo hubiera creado, les convenía una Argentina fuerte e independiente económicamente, que tuviera un gobierno que distribuya la riqueza, porque esa distribución les quitaba manejo y poder a ellos. El 16 de junio de 1955 la Aviación de la Armada Argentina desató un bombardeo a la Plaza de Mayo para terminar con la revolución iniciada por Perón. Fue el derrocamiento de Perón y el fin temporario de la Revolución. Hasta el año 1983, la democracia estuvo vedada o restringida en Argentina, o bien por la proscripción del Peronismo, o bien porque el país estuviera manejado directamente por un gobierno militar.

Luego del patriota pero endeble gobierno de Raúl Alfonsín (1983-1989), viene la presidencia de Carlos Menem, que asume con apenas un 6% de desocupación. Pero aquí se puede describir con exacta precisión y elocuencia la forma en que el poder del Estado puede estar al servicio de todo lo necesario para empobrecer al pueblo y destruir el futuro del país.

La privatización de las empresas de servicios públicos dio marcha atrás a las nacionalizaciones de Perón, y significaron durante más de quince años un retiro millonario en concepto de ganancias por parte de esas empresas, a quienes por contrato no se le pusieron restricciones para girar utilidades al exterior. Luego, la liberalización de todo el sistema financiero, acabó por transformar un país de valores agregados (trabajo) en un país de especulación y tributos financieros al exterior, agigantados por la creciente deuda externa que se utilizó para mantener un modelo ficticio. El dólar barato y la ausencia de controles a las importaciones destruyeron la industria argentina y elevaron el desempleo a tasas inéditas para esta gran nación. Pero además de destruir la industria, el abaratamiento de las importaciones y el achicamiento de las exportaciones resultaron en un déficit comercial sin precedentes, que solo pudo ser mantenido con más deuda externa. El estado estaba quebrado, la deuda externa llegó a superar el año y medio de producción interna, la pobreza superaba al 50%, el desempleo arrimaba el 30%, y encima el Ministro de Economía, Domingo Felipe Cavallo, director de orquesta de todo el modelo, decide incautar los ahorros que la gente tenía en los bancos, en lo que se llamó primero “corralito”, y luego “corralón”, para evitar el quiebre del sistema financiero (los bancos que nunca pagaron las crisis, pero sí el pueblo).

El 19 y 20 de diciembre de 2001 la gente salió (salimos) masivamente a la calle para pedir “que se vayan todos”, que se corte el robo al pueblo por parte de la clase política.

Luego de un caótico 2002, llega el 25 de mayo del 2003, asume como Presidente Néstor Kirchner, y se comienzan a dirigir todas las herramientas del Estado al servicio del país y del pueblo. Se establecieron y elevaron aranceles a las importaciones para proteger la industria y el empleo, se amplió la obra pública del gobierno contribuyendo a crear más de seis millones de puestos de trabajo, se dictaron una enorme cantidad de leyes que mejoraron la matriz distributiva reduciendo la pobreza y generando inclusión social, se utilizaron todos los mecanismos para generar un constante superávit comercial y superávit fiscal que amplió el aprovisionamiento de reservas, con lo que se pagó el total de deuda al FMI y se redujo la deuda externa en dólares de más del 160% del producto a menos del 12%, se nacionalizaron varias empresas de servicios que Menem había privatizado, se incentivó el proceso de reindustrialización del país, y se controló el mercado de divisas extranjeras con el objetivo de cuidar el dinero de nuestro pueblo, reduciendo el retiro desmedido de los grupos económicos concentrados. Todo esto para conseguir la independencia económica, requisito ineludible para conseguir la justicia social. Siempre debe tenerse en cuenta que Argentina produce alimento para 500 millones de personas, siendo nuestra población de sólo 42 millones, por lo que ese excedente debe ser utilizado por el Estado porque le pertenece al conjunto del pueblo argentino, y no a unos pocos exportadores. Estas son las Retenciones a las Exportaciones, un vector clave para que el Estado disponga de financiación para la industrialización, el desarrollo, el otorgamiento de subsidios, pago de sueldos y jubilaciones y disminución de deuda externa.

Lo destacadamente triste a exponer, es que desde que asumió Macri a fines de 2015, comenzó de nuevo la destrucción del país, con las mismas medidas detalladas en éste escrito, que fueran aplicadas durante la Convertibilidad: Liberación de las Importaciones que desprotege nuestra industria y genera quiebres de empresas y desempleo, Quita de Retenciones a las Exportaciones que desfinancia al Estado resultando en la eliminación de los Subsidios que favorecían a los sectores populares, Liberación del Dólar que propicia un saqueo a manos de los grupos de poder trasnacional, Achicamiento del Estado que provoca miles de despidos, Reducción del Salario Real que achica la actividad productiva y el empleo, Desfinanciamiento de las Empresas de Servicios del Estado (preparándolas para la Reprivatización?), Vuelta al Endeudamiento elevándolo desde el 10% al 30% del PBI (desde 50.000 millones de dólares a 150.000 millones)…

Los casos de abuso de los sectores dominantes que presentó este escrito fueron detenidos por una acción concreta por parte del pueblo. Deberá ser de nuevo así?