La Argentina amenazada

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Están convocando a los espíritus. ¿Sabrán conducirlos?

Desde comienzos de este año se observa un viraje en la conducta y en los objetivos del gobierno nacional. Durante su primer año en la presidencia, el ingeniero Macri se mantuvo firme en la senda aconsejada por su asesor Durán Barba de no atacar ni a la oposición política, ni a los gremios, ni a las organizaciones sociales que realmente se oponen a su proyecto político neoliberal deuda-dependiente, concentrador de la riqueza y extranjerización de todo lo que huela a argentino.

Sin duda exigido por el fracaso de su primer año de gobierno (inflación desbocada, aumento de la pobreza, despidos disimulados o no, ausencia casi total de inversiones, fuga de capitales, malestar social callejero, etc.) el presidente usó el viejo truco de echarle la culpa a la “herencia recibida”. Pero lo hizo demasiado tarde, cuando la opinión pública ya estaba convencida de que, en todo caso, a la herencia recibida, el ingeniero Macri le había agregado muchos porotos de su propia cosecha.

Conviene acotar que, para algunos observadores, los resultados logrados por el gobierno nacional en 2016 no constituyen un fracaso, sino un éxito, pues consiguieron lo que realmente buscaban: la enorme transferencia de ingresos que se ha producido desde los sectores más necesitados hacia los más ricos, y particularmente hacia las transnacionales y los grandes bancos (se calcula que fueron más de 70.000 millones de dólares).

Ese viraje, de la paz hacia la guerra, pareció sólo cosmético durante los dos primeros meses del año: el presidente justificaba sus fracasos en la pesada herencia, pero no buscaba confrontar ni provocar rispideces y odio con la oposición y mucho menos con la sociedad en general. Lo suyo parecía un mero recurso retórico para salir del paso.

La cuestión pasó de castaño a oscuro el primero de marzo, cuando el ingeniero Macri pronunció su discurso de apertura del año parlamentario. Ese día desapareció el Macri de los buenos modales, para dar lugar a un Macri agresivo, peleador, casi camorrero, que buscaba y aún busca el enfrentamiento directo con todos los que se oponen a su modelo que, para ser honesto, ha mostrado hasta ahora su peor rostro neoliberal.

En ese tren, Macri ha elevado permanentemente el tono bélico de sus discursos contra gremialistas, dirigentes sociales y políticos que resisten sus medidas.

El peronismo, ése eterno pato de la boda

Conviene recordar que, desde el 16 de setiembre de 1955, en que un golpe militar derrocó a Perón, los enfrentamientos de un gobierno liberal con la dirigencia gremial y política opositora terminaron siempre en violencia contra el pueblo. Y ello, sin contar el brutal bombardeo a la Casa Rosada, para matar a Perón, y el inconcebible e inmediato bombardeo de la Plaza de Mayo, el 16 de junio de 1955, para matar centenares de argentinos –peronistas o no- inocentes.

Al derrocamiento militar de Perón, siguió un corto período de “ni vencedores ni vencidos” proclamado y respetado por Lonardi, pero el 13 de noviembre de 1955 se produjo un golpe dentro del golpe, y Lonardi fue reemplazado por el dúo Aramburu-Rojas, de tétrico recuerdo.

De ahí en más, militares y civiles, embriagados de odio y sedientos de venganza, comenzaron una persecución brutal sin parangón en nuestra historia del siglo XX: todos los sindicatos fueron intervenidos, sus dirigentes encarcelados y sus sedes allanadas y “reventadas” “manu militari”. Más de 500 dirigentes, funcionarios, legisladores y constituyentes fueron tomados prisioneros; los más representativos de entre ellos fueron a parar con sus huesos en la subhumana cárcel de Ushuaia.

A tales vandálicos actos de violencia física, los militares y civiles de aquella dictadura le agregaron la violencia del atropello jurídico, al extremo de que derogaron la Constitución Nacional, aprobada legítimamente en 1949, con un simple decreto del gobierno de facto, es decir, con un ukase cuartelero.

Y, finalmente, la violencia de aquellos “libertadores” terminó de la misma manera en que había comenzado: con el derramamiento de sangre inocente: entre el 9 y el 13 de junio de 1956, los violentos -siempre en nombre de la democracia y de la libertad de mercado…- fusilaron a 18 militares y 13 civiles, todos patriotas que exigían la restitución de la Constitución Nacional y de las autoridades legítimas.

En 1961, el presidente Frondizi repitió la conducta de enfrentamiento, aunque esta vez lo fue sin sangre pero con mucho sufrimiento, para imponer su plan liberal, redactado y fogoneado por el Ing. Álvaro Alsogaray desde el Ministerio de Economía. El presidente Frondizi debió usar el terrible Plan Conintes, que le permitía militarizar a los obreros en huelga, lo que significa que eran pasibles de ser juzgados por el Código de Justicia Militar que incluye el fusilamiento para los rebeldes-huelguistas. De esa forma, Frondizi quebró la huelga de los ferroviarios, llevó a ese sindicato cerca de la destrucción y encarceló a sus dirigentes. Al año siguiente, el que caía derrocado era Frondizi, como fruto final de su violencia militarizada.

A su vez, es sintomático que todos los golpes de Estado del siglo XX fueron hechos por militares y civiles liberales, contra gobiernos populares y, salvo el de 1930 y el de 1943, se perpetraron contra gobiernos peronistas, o para evitar su triunfo.

Veamos:

  • 1930: contra Yrigoyen.
  • 1943: la única excepción: fue hecho contra el gobierno del “fraude patriótico”, y terminó siendo una verdadera revolución social, política y económica, por lo que no puede catalogarse como un simple golpe militar.
  • 1955-setiembre: contra Perón.
  • 1955-noviembre: contra Lonardi, por negarse a perseguir a los peronistas.
  • 1962: contra Frondizi, por haber permitido participar en las elecciones al peronismo.
  • 1966: contra Illia, por decidir que el peronismo pudiera participar en las siguientes elecciones.
  • 1976: contra Isabel Perón.

No deja de ser curioso y muy sugestivo que, a pesar de lo expuesto, hoy se pretenda que el peronismo es “la pata antidemocrática” de la Argentina, y que no deja gobernar a los liberales, que son, ellos sí, democráticos… o peor aún, los únicos democráticos.

Una historia repetida

La historia de violencias se ha repetido muchas veces desde entonces y siempre ha terminado mal. El ejemplo más cercano y doloroso que tenemos los argentinos sobre este punto es el de diciembre de 2001. En aquel año catastrófico, hizo explosión la política neoliberal comenzada por Martínez de Hoz y Cavallo, continuada por Menem y Cavallo, y culminada por De La Rúa y Cavallo… siempre Cavallo.

Durante los 12 meses de ese fatídico año, la recesión destruyó la economía argentina, empobreció a su pueblo y demolió su industria, mientras el sobreendeudamiento produjo la inseguridad financiera y la fuga masiva de depósitos de los bancos. De acuerdo a los balances del Banco Central, cada mes perdíamos aproximadamente entre el 8% y el 10% de las reservas de divisas, de modo que en diciembre se habían agotado los dólares del Banco Central.

En ese momento, Cavallo decretó las primeras medidas del corralito, y los argentinos salieron a las calles de nuestras ciudades a pedir la renuncia del ministro de Economía, que se produjo ese mismo día 19 de diciembre, al atardecer. Pero las protestas callejeras continuaron. Ante ello, el presidente De La Rúa cometió su error fatal: enfrentó y maltrató a los argentinos por haber salido a protestar, y culminó sus agresiones dictando el estado de sitio, como amenaza de represión. Esa misma tarde se produjeron los desbordes populares y la matanza de manifestantes, que obligaron a De La Rúa a tomar el helicóptero del adiós, en la terraza de la Casa de Gobierno.

En los actuales equipos de gobierno abundan y sobreabundan los dirigentes empresarios, los llamados “CEOs”, pero faltan los políticos con olfato, es decir con sensibilidad social.

Sería lamentable que siguieran sin ver la realidad, como les dijo la señora Mirtha Legrand, periodista ícono del corazón mismo del macrismo.