La tentación de la violencia

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A medida que se acercan los comicios de octubre, los ánimos se van caldeando aceleradamente. Y, como siempre sucede cuando hay un enfrentamiento apasionado, sea de tipo bélico como en las guerras clásicas, o político como en nuestro caso, la primera víctima es la verdad.

La pregunta que necesitamos formularnos a nosotros mismos, y responderla a conciencia –aunque nos duela- es por qué hay tanto apasionamiento si sólo estamos ante comicios parlamentarios, y no frente a un recambio presidencial.

La respuesta, que muchos no quieren expresar en voz alta, ni oírla en boca de otros, aunque la percibimos en nuestro interior, es que el apasionamiento se debe a que estamos en guerra. Una guerra política –al menos, por ahora- pero guerra al fin.

Es decir, hay algo que nos divide y enfrenta, y ese algo es vital para cada una de las partes, tal como sucedió en cada recodo de nuestra historia patria.

Las dos Argentinas que coexisten a duras penas, cuando no a sangre y fuego, desde 1811 (cuando Artigas sufrió el desprecio y el rechazo cerrado de la Junta de Buenos Aires) se encuentran hoy ante una peligrosa escalada de violencia.

Es bueno que los que pertenecemos al campo nacional y popular comprendamos que la violencia es nuestra enemiga. En ese terreno perderemos siempre. El nuestro no es un camino que se construye con sangre (al menos, con sangre derramada por nosotros) sino con tiempo, con organización, esfuerzo e inteligencia. Y mucha lealtad y honestidad. Es una entrega, no una venganza.

Tampoco se trata de bajar las banderas y aceptar mansamente –o hipócritamente- la dominación y la injusticia social, sino de elegir los métodos más humanos y eficientes y, por lo tanto, más peronistas, para lograr nuestros objetivos de siempre, ante los cuales no podemos claudicar.

Esa reflexión es necesaria y urgente, dado los actos de violencia sufridos ayer miércoles 28-6-17 en la Av. 9 de Julio.

Violencia policial programada en la protesta de la avenida 9 de Julio.
Fotos: Pablo Cuarterolo (publicada por Perfil)

La primera conclusión que uno saca es que el gobierno estaba esperando la oportunidad para iniciar este peligroso ciclo de violencia. Un día antes había permitido el mismo tipo de manifestación “piquetera”, sin ordenar que actuaran sus esbirros que, cuando les sueltan la cadena, ya se sabe, reprimen a lo bruto.

En segundo lugar, mientras el gobierno fingía dialogar con los piqueteros en las oficinas del Ministerio de Bienestar Social, su policía brava recibía la orden de reprimir sin asco a los que reclamaban un poco de bienestar. No sirve el pretexto de que era un pedido muy genérico, sin nada concreto. Pedían justicia, pan y trabajo. Así de simple y humano.

Un pedido elemental que los pobres exigen en la calle, cuando la sordera de las oficinas es total e insensible.

La sordera es del gobierno. Un gobierno que ha demostrado tener los oídos bien limpios y el ánimo exquisitamente generoso, cada vez que los grandes bancos y las transnacionales reclaman, no una subvención de $6.000 pesos por mes, sino fortunas inmensas que cubrirían con creces todas las necesidades populares.

¿Porque, qué otro resultado, sino una brutal transferencia de ingresos desde los sectores pobres hacia los más ricos, significaron la devaluación drástica de enero de 2016, la quita de retenciones agrarias, el regalo de casi eliminar las regalías –de por sí miserables- que pagaba la gran minería, etc., etc.?

¿Y cuántos piquetes se vieron obligados a hacer los satisfechos banqueros y CEOs para obtener esos verdaderos e irritantes privilegios?

¿Cuántos esfuerzos piqueteros debió hacer Gran Bretaña para lograr que volviéramos a arrodillarnos ante ella en la cuestión de las Malvinas?

¿O cree el gobierno que los piqueteros de ayer, los que bloqueaban parte de la Av. 9 de Julio, ignoran todo eso?

No tengo la menor duda: el gobierno busca la violencia para justificar, luego, la represión que le permitirá implantar manu militari sus “demoradas” recetas de ajuste.

En otras palabras, la violencia es nuestra enemiga, no sólo porque nuestro camino no es la sangre sino el tiempo y la organización, sino también porque, con la violencia, nuestra derrota será segura.

Sin olvidar que la organización, nuestra organización, comienza por casa, por el Partido Justicialista, hoy casi inexistente.

Hay que volver a las fuentes, con los más leales, más honestos y más capaces.