Mensaje 1: Perón ha muerto, el futuro depende de nosotros

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Se han cumplido 43 años desde aquel triste y lluvioso 1º de julio en que Perón dejó este mundo.

Murió. Ya no existe, ni existirá.

No puede dirigir los destinos de la Argentina y del peronismo, como lo hizo durante 30 años. Desde la Secretaría de Trabajo, desde la Presidencia de la Nación, desde Puerta de Hierro o desde la bodega de una cañonera paraguaya.

Ésa fue su gran habilidad y su gran mérito: conducir a los argentinos. Perdonar y conducir. A todos.

Pero ha muerto.

Ayer rezamos y le dedicamos muchas misas ante los altares que nuestra fe cristiana levantó en la tierra patria. Y lo seguiremos haciendo por años y años, mientras la virtud de la gratitud permanezca en nuestros corazones criollos.

Pero ha muerto. Indefectiblemente.

En nombre de todos nosotros, lo despidió hace años un viejo poeta peronista:
¡Que Dios nos lo demande si cedemos un paso; la Patria es la fatiga de una eterna batalla!
Porque somos su Pueblo seremos su milicia, hasta que rompa el alba de la nueva victoria.

José María Castiñeira de Dios despidió los restos mortales de Perón. Pero su pensamiento vive, a pesar de que cedimos varios pasos en estos 43 años.

¡Que nos perdonen Juan Domingo y su bardo José María!

La verdad es que cedimos terreno. Demasiado.

Y ésa es nuestra tarea: recuperar el camino perdido. Volver a empezar. Retomar su pensamiento, las fuentes profundas, imperecederas, para ofrecer a todos los argentinos una nueva esperanza, una nueva épica nacional.

No es sólo cuestión de pensarlo bien, que hace falta, sino de arremangarse y avanzar de nuevo.

De abrazar, otra vez, un ideal de patria y de pueblo. De un pueblo que ama y pide justicia. Que añora los años más felices, los de la dignidad y la grandeza de la Nación.

Se trata de marchar sin Perón vivo, pero con lo que de él vive. Su legado histórico. Su Modelo tan querido.

Con pasión. Con entrega personal. Con total convicción. Con fe invencible e inclaudicable en el porvenir de la Argentina y de los argentinos.

Y con los pies bien plantados sobre la tierra.

Nos espera una militancia dura, convocante.

Para que haya otro amanecer argentino, debemos reunirnos todos los que conservamos la llama en estos años de ostracismo y decadencia, los que permanecimos fieles en nuestros corazones y en nuestra acción.

Para que haya otro amanecer argentino, debemos reunirnos todos los que conservamos la llama en estos años de ostracismo y decadencia, los que permanecimos fieles en nuestros corazones y en nuestra acción.

Y los nuevos. Muchos nuevos, que no conocieron los años felices.

Ayer, ante el féretro de Perón, dijimos con Castiñeira de Dios:

¡Duerma, mi General, en las manos del cielo
y en este amor unánime del Pueblo que lo llora!

Hoy, ante el futuro que nos aguarda, gritamos:

Duerma, mi General, en las manos del Cielo
y en las de este Pueblo que no lo olvida,
aprieta los dientes y marcha hacia adelante.
Siempre.

Ahora, ésa es la tarea: despertar del letargo, erguir el cuerpo y levantar la cabeza, para recomenzar el camino, porque el futuro depende de nosotros. Sólo de nosotros.

Que no nos importe de cuan bajo comenzamos, sino la altura de la meta que buscamos.

Es alta. Como una estrella.

Ése es el mejor homenaje, el único que Perón aceptaría si viviera.

El resto es palabrerío hueco. Sólo nostalgia, escapismo.

Quizás hipocresía.

Necesitamos militantes. No espectadores.

Porque somos su Pueblo seremos su milicia,
hasta que rompa el alba de la nueva victoria.

Que así sea.
¡Así será!