Mensaje 3: Comenzar por la base (1)

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Nunca como hoy fue tan evidente que toda buena política o estrategia nacional comienza y depende de un acertado conocimiento y una sensata interpretación del tablero internacional en que se inserta y vive cada país.

Al respecto, lo primero que se constata es que, desde que existe la vida humana, las relaciones inter pueblos (inter familias, clanes, tribus, feudos, naciones o lo que fuere) se ha regido por la fuerza. Y, aun cuando algunos analistas interesados quieran hacernos creer que hay potencias buenas, y potencias malas, o que hablar de imperialismo es una antigualla “populista”, la realidad muestra que, también hoy, en política internacional el más fuerte es el que impone sus intereses y su “derecho”.

En esta parte del globo en que vivimos, hace siglos la Iglesia Católica supo hacer las veces de tribunal internacional, es cierto. Pero, cada tanto, el emperador o rey de turno atropellaba al Papa, lo encarcelaba, o nombraba uno nuevo. O dos. O una papisa. O invadía el Vaticano y “protegía” al cónclave elector. Todo según sus intereses y de acuerdo a su poder feudal, nacional o imperial.

De todos modos, la Iglesia hizo de supremo juez europeo hasta que Lutero se encargó de dinamitar su base de sustentación, en el siglo XVI.

Esa cuasi ficción fue barrida oficialmente de Europa por el Tratado (o los dos Tratados) de Westfalia, 120 años después, y Napoleón se encargó de enterrarla bochornosamente cuando le arrebató la corona al Papa y se la colocó a si mismo, auto-consagrándose emperador.

De ahí en más, en materia de política internacional ha reinado desembozadamente la ley de la selva, la del más fuerte, a cara de perro.

A partir de la segunda guerra llamada mundial (los intentos comenzaron, en realidad, al terminar la primera gran guerra) se inaugura la etapa de la hipocresía. Los vencedores crearon las Naciones Unidas (antes, la Liga de las Naciones), en la que todos somos iguales… aunque algunos pocos son más iguales que los otros. Mandan los 5 más grandes. El resto sólo tiene derecho a desahogarse unos minutos cada año, en una Asamblea General muy aburrida, una especie de premio consuelo a sala semivacía.

He ahí el corazón de la democracia liberal que nos ofrecen las grandes potencias, ésas que ya no son imperialistas… ¡Menos mal!

Alinearnos con EE.UU., o con el lobby anglosajón-israelí para “no caernos del mundo”, como nos amenazan infantilmente, es entrar en esa variante tramposa y alienante.

Hay quienes, hace unas décadas, encontraron o inventaron un nuevo pretexto –la globalización- para hacernos creer que el imperialismo ya no existe, porque entramos en la era de la colaboración “fraternal”, o forzada por el terror a la mutua destrucción atómica garantizada. O que, en todo caso, el único camino “sensato” e “inteligente” y aún “patriota” era obedecer al Imperio de turno. Hoy y acá, el poderoso lobby anglosajón-iaraelí.

Los Vargas Llosa, padre e hijo, y dos socios suyos hechos a su imagen y semejanza, nos tildaron de “perfectos idiotas latinoamericanos” a quienes no aceptamos obedecer al imperio “bueno” de los EE. UU.

En nuestro país, el inefable Carlos Escudé fue becado y/o programado nada menos que por once centros universitarios de la órbita anglosajona-israelí, todos con dadivosa chequera y de buen nivel académico, hay que reconocerlo, entre los cuales figuran Harvard, Yale, Oxford y el Centro de Estudios de Religión, Estado y Sociedad (CERES) perteneciente al Seminario Rabínico Latinoamericano “Marshall T. Meyer”.

Como resultado de tantas becas y programaciones, Escudé rescribió un libro, “Realismo periférico”, en el que nos acusa de cometer “desafíos ingenuos”, cada vez que desobedecemos al Imperio… anglosajón-israelí.

¡Hombre agradecido a sus “becadores” y generosos programadores este señor Escudé!

Sin ser tan brutalmente sinceros, ni tan descarnadamente explícitos, hay varios analistas locales, incluso dentro del peronismo, que adhieren a la tesis del multi-becado y saturadamente programado Dr. Escudé. Su posición pública se reduce a decir que la estrategia y la geopolítica de la Argentina debe tener dos objetivos prioritarios, sino únicos: la lucha contra el narcotráfico y el crimen organizado, y el combate contra el terrorismo internacional.

Pero, ¡qué casualidad!, esos son, exactamente, los dos objetivos que se ha trazado EE. UU. en su muy particular estrategia internacional, al menos en la estrategia que exige cumplir a sus “socios” del patio trasero, para protegerlos de… caerse del mundo.

Va de suyo que los EE.UU, y los analistas, políticos, sindicalistas, periodistas y empresarios que siguen sus “consejos”, hablan de luchar contra ambos grupos mafiosos… sólo cuando éstos escapan al control de la DEA y de la CIA. Porque, como dijo Franklin Roosevelt del general paraguayo Somoza, “Déjenlo tranquilo: es un h. de p., pero es nuestro h. de p.”

Una de las pruebas de ello fue el caso del presidente panameño Manuel Noriega. Mientras Noriega narco-traficó para la CIA, a fin de abastecer de dólares negros a la “contra” nicaragüense, para EE.UU. y su corte fue un buen patriota. Pero, apenas comenzó a narco-traficar por su cuenta, EE.UU. invadió Panamá para apresar a tan “peligroso criminal”.

A su vez, la falacia e hipocresía anglosajona-israelí en materia de lucha contra el terrorismo internacional tiene el más cruel y aleccionador ejemplo en nuestro propio país: los atentados a la AMIA y a la Embajada de Israel.

Me consta personalmente que, en Washington y Tel Aviv (y en Londres seguramente también), tienen sólidas y sobradas constancias de que los autores de esos ataques terroristas no fueron los iraníes, ni los árabes, ni los musulmanes, y de que las sospechas caen muy cerca del Mossad y del Shin Beth israelí, sin olvidar la participación necesaria que debió tener la SIDE del Ing. Antonio Stiusso (el agente anglosajón-israelí infiltrado en nuestro servicio secreto de inteligencia).

Si algún gobierno de la poderosa alianza anglosajona-israelí, o uno de sus colaboradores nativos se animara a decir la verdad, la mayor pesadilla judicial de nuestra historia -y de altísimo interés nacional- desaparecería en el acto.

Pero no soñemos: desde Washington, Londres y Tel Aviv seguirán mintiendo desembozadamente en esa vital cuestión de los dos atentados. Les va el poder imperial en ello. Y a nosotros nos va el futuro de la nación, su paz y unidad interior y, quizás, su integridad territorial.

En esa tarea perversa y dañina para la Argentina, las tres capitales mentirosas estarán ayudadas por quienes, desde acá, nos dicen que una de las dos prioridades de nuestra política o estrategia internacional debe ser la lucha contra un terrorismo que no existe (el árabe, el iraní o el musulmán), para que olvidemos el que sí existe y nos tiene atenazados (el anglosajón-israelí, disfrazado de Al Qaeda, o de ISIS , o de terroristas dinamiteros de la AMIA y de la Embajada de Israel).

Como se ve, no es una cuestión menor.

Pero en ese mundo vivimos.

En ese mundo hipócrita y ambicioso de lo nuestro (territorio, agua potable, petróleo, gas, litio, alimentos, oxígeno, costas y aguas oceánicas, etc.) la Argentina debe encontrar la forma de cumplir su vocación de grandeza nacional.

Continúa en la segunda parte.