Mensaje 6: Un nuevo panorama político

Compartir en FacebookTwitterCompartir en LinkedInCompartir en Google+

Las elecciones del domingo 13-8-17 han desnudado realidades que no se querían ver y producirán cambios que no se querían aceptar. Cambios que influirán decididamente en el futuro panorama político, tanto del país como del peronismo.

En primer lugar, no se puede negar que ha habido un notable corrimiento hacia las posiciones del liberalismo económico, con las inseparables consecuencias de elitismo, concentración de la riqueza y desnacionalización de todo lo que sea vendible que ello significa.

Si los resultados de agosto se confirman en octubre, el gobierno del ingeniero Macri intentará, sin lugar a dudas, apretar los torniquetes y profundizar su modelo de alineamiento total con los planes de las potencias extranjeras dominantes, de privilegio del capital privado y de ajuste económico social que, como siempre, recaerá con todo su peso sobre los sectores más necesitados.

En ese aspecto, sufriremos una repetición de los años de la dictadura cívico-militar y de la década menemista, tanto en las medidas de ajuste social como en las de alineamiento externo con el lobby anglosajón-israelí, que significará una renovada desnacionalización del poder político y económico.

La diferencia entre ambos frentes –el económico-social estrictamente interno, y el alineamiento en cuanto a política internacional- es que, en el plano económico-social, el presidente Macri encontrará la resistencia de las llamadas organizaciones sociales de base que hoy tienen un respetable poder político y de movilización, mientras que no existían en los años neoliberales de plomo y fuego de Videla-Masera-Cavallo, ni en los neoliberales del jolgorio frívolo de Menem-Cavallo.

Ello hace suponer que el ingeniero Macri y su “CEOs Big Band” tendrán que caminar despacio y cuidadosamente en el terreno del ajuste económico-social, salvo que el objetivo sea imponer dicho ajuste a sangre y fuego, literalmente hablando.

En el terreno de las privatizaciones y del alineamiento internacional, en cambio, el presidente actual tendrá, lamentablemente, muy despejado el camino. No habrá oposición medianamente suficiente ante la alegre y nueva entrega de las joyas nacionales de la abuela, como lo demuestra la experiencia de estos casi dos años de gobierno.

Al respecto, es conveniente recordar que, cada medida de ajuste salvaje que intentó el gobierno nacional tuvo inmediatamente la resistencia de las organizaciones sociales de base que inundaron las calles de Buenos Aires. Y también es destacable que siempre, indefectiblemente, ante cada piquete o ante cada manifestación popular de rechazo, la “CEOs Big Band” y su director abandonaron el intento de ajuste sin anestesia, y pactaron con los dirigentes de la protesta social.

Conclusión: agregaron algunos comprimidos de aspirina a la receta.

Un ejemplo arquetípico de ello sucedió en las vísperas de la última Navidad: Macri y su “Big Band” se negaban a dar un bono de fin de año o una ayuda especial para que, en la noche del 24 (antes era la Noche Buena), se mitigara un poco el sufrimiento de los más postergados. Los jefes “piqueteros” se limitaron a anunciar las protestas que sobrevendrían, y el espectro de los asaltos a los supermercados fue un potente disuasivo que convenció al presidente de que el horno no estaba para bollos.

Lo más sugestivo de esos episodios de fin de año fue que uno de los jefes de la protesta, y no Macri o Prat Gay, fue quien tomó a su cargo la tarea de calmar la preocupación pública. Al salir de una reunión decisiva con personeros del gabinete nacional, dicho jefe anunció: “Todo estará tranquilo: tendremos una navidad pacífica”. El “vocero” estaba seguro de lo que decía porque, en esa reunión con autoridades del gobierno nacional, éste se había comprometido a entregar una “compensación” a unos 50.000 beneficiarios de los subsidios que administran y distribuyen los jefes “piqueteros”.

Ese acuerdo forzado es muy probable que se repita cada vez que el descontento popular, que siempre se expresa en la calle, obligue al presidente Macri a ser “prudente” y usar algunas aspirinas.

Pero, insisto, no hay piqueteros, ni políticos, ni gremialistas que organicen puebladas para oponerse a la desnacionalización masiva que se avecina para después de octubre, de la misma manera que no la hubo para el rosario de actos de debilitamiento del poder nacional que produjo el ingeniero Macri en lo que lleva como presidente de la Nación.

Esas cuestiones no impactan de inmediato en el grueso del pueblo, urgido como está por los problemas económicos que socavan su posibilidad de subsistir. Pero debería impactar en la dirigencia, que tiene la obligación de prever el futuro.

Una somera enumeración de decisiones de este gobierno, que han significado pérdida del poder nacional, ilustrara lo que acabo de decir.

En efecto:

a)- Entre la devaluación brusca de enero del 2016 y la eliminación o rebaja de las retenciones a la producción agropecuaria del mismo mes, el presidente Macri logró producir una transferencia de ingresos, desde los más pobres hacia los más ricos, de 70.000 millones de dólares. Y esa inmensa fortuna, en pocas semanas, se fugó del país para engrosar la riqueza de empresas extranjeras, de acreedores buitres y de millonarios argentinos –privados y oficiales- que prefieren los bancos truchos de las Bahamas o de Panamá.

Ante ese verdadero latrocinio no hubo marchas de protestas.

b)- La ex canciller Malcorra, en nombre del gobierno nacional, acordó con su colega británico postergar nuestros reclamos de soberanía sobre las Islas Malvinas, a cambio de las migajas de algún negocio petrolero o de pesca que, dicho sea de paso, beneficiará a algunos magnates locales asociados con los pulpos internacionales.

Nadie protestó en las calles de la Argentina.

c)- El gobierno de Macri firmó un convenio para que el Ejército norteamericano instale en nuestro territorio dos bases militares: una en Puerto Iguazú, desde la cual la superpotencia del norte podrá controlar, sino algo peor, la Cuenca del Plata y el Acuífero Guaraní; y otra en Ushuaia que, junto con las islas Malvinas usurpadas por el otro país anglosajón, son las cabeceras de puentes ideales y obligadas para el control y explotación del Atlántico Sur, sus islas, el pasaje de Draque y la Antártida.

Nadie protestó.

d)- El Ministerio de Defensa del gabinete de Macri, a fines del 2016 firmó un convenio con su similar de EEUU, representado por la llamada Guardia Nacional del Estado de Georgia. Según ese convenio, cada vez que existan disturbios o convulsiones en nuestro territorio, la seguridad interna de los argentinos ya no estará a cargo de la Policía Federal, la Gendarmería, la Prefectura Naval y la Policía Aeronáutica, sino en manos de una comisión mixta, teóricamente con representación igualitaria entre ellos y nosotros, pero bajo control externo y custodiada por “expertos”.

No hubo protestas visibles.

e)- Al promediar el año 2016, el presidente Macri dictó un decreto supuestamente reglamentario de la ley 26.737. La citada ley limitaba la venta de tierras rurales a los extranjeros. Con dicho decreto, el presidente Macri no la reglamentó realmente, sino que la tergiversó en forma abierta y grosera, y abrió el camino para que cualquier empresa extranjera pudiera comprar en forma ilimitada tierras argentinas.

Nadie protestó en las calles. Sólo un grupo de arriesgados presentó un amparo judicial que aún duerme impúdica e impunemente en los cajones polvorientos de Tribunales.

f)- Entre abril y mayo de 2016, el ex diputado radical Leopoldo Moreau denunció públicamente que la ministra de Seguridad Patricia Bullrich había aceptado que seis espías israelíes del Mossad se incorporaran oficialmente a trabajar en nuestra AFI (ex SIDE). Personalmente difundí esa denuncia de Moreau por la televisión.

Nadie protestó y nunca más se habló del tema en ningún medio de comunicación.

Con esa lamentable y desgraciada experiencia no es exagerado decir que, a partir de octubre, Macri y su “CEOs Big Band” –ganen o pierdan- le pondrán bandera de remate público a favor de los extranjeros, no solo a las inmensas riquezas argentinas, sino también al poder de decisión que es propio de una nación independiente.

Los grupos de “izquierda”, de “centro-izquierda” o “progresistas” ni siquiera ven el problema.

Sólo el peronismo podría encararlo y ponerle freno a ese desastre nacional que se avecina. Pero, para ello, debería volver a las fuentes y retomar el camino de la unidad.